Toda catástrofe, epidemia u otro tipo de desastre natural puede dejar al descubierto las improvisaciones, la falta de criterio y la desidia de ciertas políticas públicas. La aparición de la influenza A H1N1 es un ejemplo claro. El Estado no fue quien realizó la mutación del virus pero hizo muy poco para frenar su propagación. Quizás a quienes estamos en otro nivel sociocultural nos cueste entender lo dificultoso que es acceder en este país a una asistencia médica digna: sacar turnos de madrugada, paciencia tibetana para ser atendido, hospitales precarios con médicos precarizados y la eterna confusión del Estado, para quien la atención primaria es atención primitiva. Si es afiliado a alguna obra social deberá hacerse de un bono de atención, si tiene suerte de ser atendido por empleados licenciados a causa del probable contagio de la enfermedad que padece quien necesita atención, por lo que el afiliado enfermo pasa a ser un enemigo que utilizará todas las artimañas para contagiar a quien se le cruce por el camino.
A pesar de todo lo que se hable, de todo lo que se analice, de todas las cifras en más o en menos hay dos actores fundamentales en este drama, el paciente y el médico, ambos maltratados ya sea por la salud pública o privada, rehenes del Estado o de las obras sociales y prepagas. Si bien lo económico no puede analizarse en el contexto de una tragedia nacional, el asistir a pacientes es nuestro trabajo, calificado y de riesgo, y debe ser reconocido como tal. El mantener a los médicos pauperizados demuestra la falta de interés de quienes manejan los fondos destinados a salud de brindar a la población una atención médica acorde. Pero los médicos seguimos, protestamos, sacamos solicitadas, discutimos entre nosotros pero seguimos…lógico, tenemos que seguir, no cabe otra; si hoy queremos comprar un blister de tamiflú y veinte comprimidos de ibuprofeno debemos asistir a 8 pacientes.
DR DANIEL BRANNE
PRESIDENTE
8 de Julio de 2009.